• Martín Campos

¡Quememos a Pizarro y Colón!



Solo las pasiones malas impiden la realización de un mundo mejor, sentenciaba Bertrand Russell en su obra Sociedad humana, ética y política. ¿Pero son acaso todas las emociones humanas necesariamente malas?. No lo creo.


Desde la génesis humana, el hombre siempre actuó motivado por impulsos que de una u otra forma le valieron para sobreponerse ante las circunstancias. Lo que de hecho lo ha diferenciado de otros seres vivos es su capacidad de razonamiento, de su inteligencia. Pero también esa capacidad le proveería de una felicidad más plena ─como apunta Russell─ si algunas de sus pasiones tuvieran menor alcance y otras más.


Quiero decir con todo esto, que la racionalidad con la que controlemos nuestros impulsos determinarán las consecuencias de nuestros actos. Esto debería servir para aplicarse en la clase política y en los movimientos modernos que desdeñan todo orden de cosas, sea por ignaro desconocimiento o por motivaciones perversas, pretendiendo imponer al resto de la sociedad modos e ideas de pensar arbitrarias.



Son estas corrientes modernas, las del llamado correctismo político, las que se arrogan la facultad de dictarnos qué es bueno y qué no, transgrediendo los derechos de todos los demás y socavando los valores culturales que no consideren sostenibles bajo su peculiar óptica.


No se quiere entender que el Perú es un país lleno de contrastes y matices perfectamente expresados en todos los rasgos antropológicos, sociológicos y culturales que les son propios. Sus arraigadas costumbres y tradiciones aún permanecen incólumes y conviven dentro de la cada vez más desaprensiva modernidad.



Por ejemplo, y a la luz de los recientes hechos realizados en países latinoamericanos donde un llamado indigenismo actúa con métodos violentistas, la preocupante posibilidad de que aquí sean imitados prevalece, aún cuando de momento felizmente siguen en su sitio las efigies de Cristóbal Colón y Francisco Pizarro como recuerdos de realidades históricas. Empero, en claro contra sentido de esa misma realidad, surgen voces y corrientes extrapoladamente pasionales reivindicativas de modo exclusivo a solo el carácter nativo de nuestra identidad como país, opuestas a todo lo que signifique aceptarnos también ─y de modo perfectamente legítimo─ como herederos de la vertiente hispana. Craso error.



Es que los actuales habitantes de esta parte de la América meridional, los peruanos, no somos ya ni tahuantisuyenses ni colonos íberos en exclusiva, sino descendientes de una sociedad nueva conformada en base al encuentro de dos culturas. Cierto, una sojuzgada por la otra conquistadora que la anexó pero que luego a partir de ello, fue nutriéndose y enriqueciéndose con el aporte de otras varias a lo largo de la historia.


Más que enaltecer cualquier revanchismo histórico habría que soslayar menos algo que para ciertos grupos siempre convendría dejar de lado, el hecho de que a la llegada de la hueste perulera a estas tierras incaicas el territorio se debatía en una guerra civil enfrentando a dos príncipes hermanos disputándose el trono imperial.



El orgullo expuesto detrás de cualquier reivindicación indígena caería por sí solo tras el hecho de que solo un puñado de ladronzuelos y atemorizados aventureros, por más apertrechados de arcabuces y cabalgaduras que estuvieran, no hayan encontrado mayor resistencia para hacerse de su cruento cometido ante millares de pobladores nativos.


Esto, pese al saldo devastador y sangriento que cupo en aquel momento, debe asumirse como el episodio histórico que propició una nación nueva. Ese encuentro, como escribiera hace muchas décadas atrás el doctor Luis Alberto Sánchez: "...en lugar del mero choque bélico, debe tomarse como la reunión de los afluentes que forman el inmenso caudal del río en común. Nadie tiene el derecho de, en ninguna época, a arrogarse a título de intérprete genuino y único del modo de vivir, pensar y querer de los peruanos". Lúcidamente continuaba expresando el doctor Sánchez, respecto de la tradición común: "Puesto que no cabe cultura sin tradición, adjudicar ésta a solo un sector histórico, a solo un elemento étnico, entraña una mutilación inexcusable de la personalidad nacional. Sin tradición auténtica no cabe sino una cultura fragmentada, ruda y por tanto decadente."



Esta frase es superlativamente sentenciadora: "Nadie, ninguna época, ningún hombre, ningún modo de ser y de estar, quedan, pues, al margen del panorama cultural del Perú”.


En la misma senda, es puerilmente cursi minimizar la cultura peruana a solo una voz repetitiva de la española sobrepuesta a nuestro país que ciertamente poseía una propia e importante basada gran parte también en su legado pre-incaico. Tal el caso del idioma nativo que salvando las limitaciones estructurales bajo su carácter aglutinante, no fue nunca ni menor ni mucho menos inferior.


Por el contrario, en nuestro país de hoy, se mantiene ese impulso contestatario en muchos lugares donde la tradición festiva y popular adquiere trascendencia mística llena de aspectos simbólicos como lúdicos maravillosamente expuestos en la policromía de imágenes propias tenazmente afianzadas al sincretismo cultural que les dio origen, nutriéndola de toda la energía ancestral contenida en su propia luminosidad, fuerza vital y tenaz sentido de insumisión.



Queda por tanto, asumirnos como un todo, donde cada aspecto identificativo de nuestras milenarias y centenarias vertientes culturales prevalezcan sin resquemores o bajo la amenaza de intentos censuradores ni abolicionistas de ninguna índole.



Martín Campos.