• Luis Hernández

La mugresía



Por las redes sociales discurren muchos mensajes, y en no pocos de ellos encontramos un sinnúmero de alusiones y calificativos que no siempre dicen algo. En el fondo, estos carecen de toda sustancia y entonces no merecen recibir la menor importancia. Pero siempre hay alguna excepción.


Hace muy poco, repasaba los mensajes de mi twitter. No pensaba que en su contenido hallaría algo novedoso, lo suficientemente novedoso como para llamar mi atención en una forma especial. Pero en uno de esos mensajes encontré una mención de tipo referencial, que bien podría adquirir el rango de toda una categoría analítica que podría servir para tipificar y señalar, con gran precisión, a un sector concreto de la sociedad: La mugresía. Y fue a partir de ello que me propuse hacer un muy pequeño ensayo sobre la aparición y la vigencia de dicho sector, a partir de nuestro devenir histórico.


Comprendí que debía retroceder en el tiempo al siglo 19, a esos años de caos y anarquismo inmediatamente posteriores a lo que se dio en llamar nuestra “independencia nacional”. Por entonces, la existencia de nuestros recursos naturales como el guano, el salitre y el caucho fomentaron las condiciones para el enriquecimiento de una oligarquía que se mantuvo vigente hasta buena parte del siglo 20. Dicha oligarquía encontró serias dificultades, como las que se presentaron durante el segundo periodo del gobierno de Augusto B Leguía. En efecto, Leguía promovía toda una era de cambios y hablaba de una patria nueva, sin godos ni visigodos, y en circunstancias como esas, la oligarquía se vió estructuralmente removida de su antigua posición en el poder. Sin embargo, se las arregló para volver a tomar el mando político y económico luego del régimen del general Odría, en la segunda mitad de los años 50.



El año 1968 marcó el inicio en el Perú de un movimiento golpista. Este le dio el carácter de institucional a la revolución que ya había tenido lugar en La Unión Soviética y en Cuba, por solo citar dos casos. Me refiero a dicho proceso porque en este, a diferencia de lo que había ocurrido en la etapa del gobierno de Leguía, la vieja oligarquía no pudo librarse de perder el dominio del poder.


Y aquí cabe la siguiente pregunta: ¿Acaso la puesta en marcha de la revolución significó la real y definitiva transformación de nuestra economía que hasta entonces era de tipo primaria exportadora? A decir de la realidad misma, ante tal interrogante, la respuesta resulta negativa. El Perú permaneció al margen de toda posibilidad de fomentar la transformación, el crecimiento y el desarrollo industrial de nuestra sociedad.


Entre nosotros no se logró consolidar una burguesía nacional, capaz de romper las cadenas que hasta la actualidad nos impiden liberarnos de las limitaciones típicas de un adiposo aparato estatal, mercantilista, aparato estatal que en el fondo es revolucionario. En cambio, lo que si proliferó fue un grupo que, aprovechando las condiciones económicas, políticas e ideológicas que la revolución dejara como herencia, se fue haciendo del poder en una forma lenta pero firme y segura. Ese grupo no es otro que el de la mugresía.



¿Cuál es la orientación política de esta? La mugresía, no es ni de izquierda ni de derecha. Los derechistas e izquierdistas se revuelven en su seno. Al final, lo que tiene la facultad de congregar a estos no es otra cosa más que el mugriento poder monetario, al que se le rinde culto en los dos extremos de la política.


Hoy, la Mugresía tiene en el estado a su seguro y atento servidor. Cuenta con este como el soporte e incluso como el más aplicado Guarda espaldas de sus intereses. Nuestro estado está a la merced de La Mugresía, y esta hace con él lo que quiere, o mejor dicho lo que le conviene.


Frente a ello, una considerable cantidad de miembros de nuestra sociedad subsiste bajo el penoso y duro peso de una calidad de vida cotidiana, que resulta realmente miserable. ¿Acaso a estas alturas del siglo 21 no hay en nuestra capital gente que no cuenta ni con luz ni con agua? Sí. Pero antes de abocarse a beneficiar a esa gente, el estado se encuentra abocado a servir a la Mugresía. Sin embargo, tal parecería que los miembros de nuestra sociedad deberían aplaudir a nuestro estado por el tipo de tareas que realiza.


Ya que nos aproximamos a un proceso electoral de tipo presidencial, es necesario que los candidatos marquen una posición bien clara frente a la mugresía. ¿Será posible contar alguna vez con un presidente capaz de adoptar una posición que no sea tibia frente a nuestra realidad? ¿Sería posible superar la situación de injusticia e incertidumbre en la que hoy estamos? Me pregunto todo esto, porque nuestro Perú merece un destino diferente.



Luis Hernández