• Martín Campos

La monserga del lenguaje inclusivo en tiempos electorales




Tal como no me gusta el llamado lenguaje inclusivo, me genera recelo oír a quienes lo utilizan. En realidad, son los políticos y aspirantes a ello, como también ciertos personajes de la vida pública, quienes profusamente lo emplean porque "es correcto hacerlo".


Al uso repetitivo, redundante y cursi de emparejar palabras: "Peruanos y peruanas" "Ciudadanos y ciudadanas" "Niños y niñas" "Alumnos y alumnas" y un largo etcétera, se suma el hecho de añadir grafías extrañas y ajenas a las palabras cuando se reemplazan por símbolos no lingüísticos como @, o letras invasivas como x, e u otras, en ellas. Disparate absoluto.


Hasta la misma Iglesia no queda exenta de padecer esta corriente post moderna. Hace unos domingos escuchaba por la televisión estatal al mismísimo Arzobispo de Lima utilizar en su homilía más de dieciocho veces las combinaciones forzadas y desesperadamente cansinas de "Hermanas, hermanos...peruanos y peruanas...hijos e hijas de Dios..." llegando por último a modificar la forma litúrgica de la Eucaristía al inventarse un "Dichosos y dichosas (sic) los llamados a la cena con el Señor". Circunloquio inútil empleado por nuestro primer purpurado.


Como persona común y lego en lingüística, no pretendo dictar cómo mejor escribir o hablar más allá de lo que el sentido común y mi condición de hispano hablante me sugiere opinar sobre esta anomalía social que busca imponerse en razón de un correctismo cada vez más ideologizado y atosigante puesto de manifiesto en los tiempos actuales.


Un esnobismo creado y usado por quienes quieren quedar bien con todo el mundo, especialmente los políticos. Flaco favor les hace si piensan conseguir un voto, por lo menos no de mi parte.


Lingüísticamente, el desdoblamiento del sustantivo en sus formas masculinas y femeninas es absolutamente innecesario. Contraviene la sintaxis y la economía del lenguaje, haciéndolo inútilmente reiterativo y cursi. Lo correcto es emplear el uso genérico del masculino para designar a todos los individuos sin distinción de sexos.


En cambio, resulta justificable utilizar el femenino cuando aporta específicamente claridad en el sentido contextual de la expresión, pero de ningún modo permite hacerse un uso indiscriminado de ella.


Aseguraba Heidegger en sus teorías que "El hombre habita en el lenguaje" por tanto este era siempre susceptible de percibirse cambiante en la medida que el ser humano evolucione. Pero una cosa seguramente tuvo bien en claro y es que jamás lo hubiera imaginado como el medio para justificar o no, sexismos.


Ceñidos al orden sintáctico, sabemos que el masculino comprende ambos géneros gramaticales y junto al género neutro, son los únicos existentes. No hay más.


Se diferencian con corrección cuando tanto el masculino como el femenino son palabras distintas: hombres y mujeres; damas y caballeros, por ejemplo.


Todos recordamos a la señora Kirchner cuando ejerciendo de presidente de la República Argentina, enmendó la plana a un congresista que se refirió a ella como "señora presidente..." espetándole: "presidenta, a mí me dice presidenta".


Aunque la RAE haya asentido el uso para estos casos, la regla subsistente señala que los participios activos como derivados verbales son neutros, de uso genérico tanto para hombres como mujeres.


En el caso referido de la señora ex gobernante de la Argentina, su interlocutor se expresó correctamente al referirse sobre aquélla en razón de lo que denotaba su función, la de presidir la Nación. Cuando se nombra a la persona que ejerce una capacidad definida por el verbo (en este caso, presidir) se agrega el sufijo ente como participio activo del verbo ser, de tal forma que genéricamente , por ejemplo, quien preside algo es presidente, indistintamente de su género biológico.


Así como no se debe decir ─para citar un caso─ "la miembra" sino "la miembro"; las palabras no tienen sexo sino género. No es preciso desvirtuar el lenguaje para combatir la violencia contra las personas que no es como mal se dice, violencia de género.


El progresismo liberal se preocupa por estos temas con ideologizado fervor. Nada escaparía al debate ciertamente, pero ¿acaso ya hemos resuelto problemas endémicos y más significantes como país que nos aparten de priorizar las verdaderas brechas inequitativas existentes?


¿Tenemos ya mejorados los índices de pobreza, el sistema de salud pública deplorable, la educación, seguridad ciudadana, infraestructura vial y de transporte público, como para expiar las desidias de la clase política con imposiciones innecesarias?


La tan manida "inclusión" acaso pasa por hacer ver al electorado cuán comprometido se es desayunando de carretilla antes de solazarse relajado en la rutina diaria del entrenamiento físico en el parque de una de las zonas más exclusivas de la ciudad, o consignando como propio un domicilio ficticio en barrio popular?


Hay muchos y mejores modos de mostrarse "inclusivo", no con una pose, una imagen, o distorsionando el lenguaje para establecer disrupciones arbitrarias en la sociedad. De lo contrario, seguiremos padeciendo de los mismos recursos de la sempiterna forma de hacer política de la cual dicen todos querer diferenciarse.



Martín Campos


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