• Luis Hernández

Inusitado Octubre



Nunca me hubiera imaginado que este año fuese tan singular. Menos aún hubiese esperado que el mes de octubre se perfile tal como se nos presenta. Pero ahí están los acontecimientos de la realidad. Estos hablan por sí mismos de lo que hoy sucede, y no hay vuelta que darle.


No digo que la tradicional atmósfera del presente mes se haya perdido totalmente; algo queda. Las clásicas presentaciones artísticas por el día de la Canción Criolla podrían darse en forma virtual. Para ello se cuenta con las facilidades que hoy la tecnología nos brinda.

Los Anticuchos, los Picarones y el delicioso Turrón, que con sus aromas adornan el gusto de octubre, de una u otra forma se pueden encontrar.


Es cosa de buscarlos para saborear la tradición que en ellos se conserva. Dichos manjares son parte de nuestra historia colectiva y también parte de nuestra memoria personal. Entre nosotros, más de uno guarda el olor de esos potajes criollos en el rincón de alguna tarde de su vida. Tal vez esa tarde fue reciente. Quizás ya es parte del ayer y entonces nos invita a recordar a los tíos y abuelos que nos llevaban a esa esquina, donde se comía en carretilla como en ningún otro lugar.


Sin embargo, este no es un octubre como los de siempre. ¿En qué me baso para decir eso? En que en este mes hay un hambre que ni los Anticuchos ni los Picarones podrían satisfacer. Al respecto, viene a mi mente el adagio bíblico que afirma: “no solo de pan vive el hombre”. La vigencia de tal afirmación debe tenerse muy en cuenta ya que guarda una íntima y profunda relación con la naturaleza humana, naturaleza que atraviesa todas las capas y clases de nuestra sociedad.



El hambre que marca este octubre, en una forma muy singular, es de tipo espiritual. Es un hambre que una gran cantidad de gente, de toda condición y clase social, hasta el año pasado trataba de calmar cuando acompañaba al Cristo Moreno en la Iglesia de las Nazarenas, o cuando lo ubicaba en algún punto de su recorrido procesional por las calles de Lima.


En esta oportunidad, la procesión no saldrá. Sin embargo, ahí no queda la cosa. Por si lo anterior fuese poco, las iglesias permanecerán cerradas. En consecuencia, además de no poder estar en el tradicional contacto con el Señor de Los Milagros, que tantos devotos tiene, los fieles no vamos a tener cómo acceder a los templos para estar presentes en la Misa y recibir los sacramentos.


Los creyentes que pretendíamos alimentarnos espiritualmente este mes nos vamos a quedar en medio de un profundo vacío interior, que hoy cobra ribetes muy peculiares, frente a todo lo que venimos pasando en las actuales circunstancias. Lamentablemente, no contamos con la posibilidad de volver a reunirnos y juntos satisfacer esa hambre espiritual que a no pocos hoy agobia. Nosotros recordamos muy bien que la búsqueda del alimento interior es un derecho que no se puede conculcar. ¿Los pastores también lo recordarán? No quisiera pensar que lo han olvidado.


Luis Hernández.

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