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Hagamos una ucronía: ¿Y si Túpac Amaru II ganaba?


El 25 de noviembre de 1780, una semana luego de su victoria en Sangarará, sin perder más tiempo, Túpac Amaru ingresó triunfante en el Cusco. Luego de dos días de cierra puertas y saqueos, logró controlar a la soldadesca, reestablecer el orden y convocar a cabildo con la participación de mestizos y criollos que, de mejor o menor gana, ante los hechos consumados, le ratificaron su liderazgo; durante las semanas siguientes, los diversos curacas que pudieron rivalizarle, se fueron plegando para no quedarse rezagados, en una cadena de eventos que incendiaron todo el territorio de Quito a Tucumán.


Poco pudieron hacer las autoridades desde Lima, Bogotá o Buenos Aires. Con los andes revueltos, no había esperanza de enviar o recibir refuerzos, como tampoco desde la metrópoli, enfrascada en esos días en una nueva guerra con la monarquía inglesa, esta vez en apoyo de la insurrección de las trece colonias del este de Norteamérica; no pasaron muchas semanas para que, ante la realidad de los hechos, el virrey Jauregui embarcase rumbo a Panamá con los restos de su corte y Flores Maldonado abandonase la sede de la audiencia de Santa Fe con destinó a la siempre inexpugnable Cartagena de Indias.


Un triunfante José Gabriel ingresó a la ciudad de Los Reyes aclamado por negros, mulatos, indios y mestizos. Durante los dos años siguientes, se dedicó a reestablecer el orden interno, convocar cortes en el territorio de cada audiencia, perseguir a los disidentes de uno y otro extremo, reorganizar el ejército y la flota y, principalmente, devolver la confianza a los criollos, incorporándolos a su gobierno.



Carlos III, bastante más hábil y decidido que su hijo y futuro sucesor, pudo intentar una reconquista: Conservaba aún los puertos de Bueno Aires, Cartagena, el Chiloé y, a duras penas el de Panamá; sabía también de la velada o tan velada simpatía de amplios sectores de la población que podrían apoyarlo en la empresa; pero era obvio que ello llevaría a asumir costos y riegos que la corona no estaba en capacidad de asumir, la posibilidad de una alianza de los dolidos ingleses con los sudamericanos y, una previsible e interminable guerra de guerrillas en las zonas más abruptas de andes. Lejos de ello, optó por reconocer la realidad de los hechos, otorgando al inca la condición de virrey vitalicio con derecho a nombrar sucesor, otorgarle absoluta autonomía interna y entregarle los territorios que aún conservaba en su poder, con la única excepción de Cartagena; el nuevo gobierno por su parte, se comprometía a respetar las propiedades y la igualdad de condiciones de los peninsulares, a mantener el monopolio de comercio con la corona y, a someter a ella sus relaciones internacionales.


El tratado se firmó en Panamá en septiembre de 1788, pocos meses antes del fallecimiento del rey borbón. Poco pudo hacer su débil sucesor, Carlos IV para revertir la situación que por el contrario y, con el cambio de siglo, tuvo que otorgar similar condición – pero bajo la administración de la propia dinastía, al virreinato de Nueva España, excluyendo las Filipinas y los territorios dependientes de la Capitanía de Cuba, mientras que perdía la Luisiana a manos de su voraz aliado napoleónico.


Para el nuevo estado, las cosas tampoco fueron fáciles: Con toda la justicia que llevaba consigo la eliminación del tributo indígena, la mita y la esclavitud, hubo que sentar nuevamente las bases del comercio sudamericano, equilibrar la participación de todas las castas, aplacar a las regiones más exaltados, mantener las buenas relaciones con la iglesia, consolidar la administración bilingüe, lidiar con los siempre conflictivos portugueses y claro está, aplacar los excesos de la todavía metrópoli y de, todos aquellos que en el fondo de su corazón, aún añoraban de ella. Con la invasión napoleónica de la península, el gobierno de Cusco aprovechó la circunstancia para tomar el control de Cartagena, mientras que, en el sur, con una mezcla de tropas propias y milicianos criollos, daban cuenta de los ingleses en Buenos Aires.



La independencia se dio así de facto, luego que los representantes americanos se retirasen de las Cortes de Cádiz, que rechazaron su propuesta de hacer del imperio español una comunidad de reinos independientes. Fernando VII nunca fue reconocido en este lado del mundo y, en 1820, el coronel Rafael del Riego levantó en Sevilla a las tropas que ilusamente estaban destinadas al restablecimiento de su autoridad.


Los años siguientes vieron la independencia del Brasil, como émulo luso de su par hispano andino, a México lidiar con su imparable vecino del norte en el caos generado por la instauración de su república; a liberales y conservadores, federalistas y centralistas disputar sus posiciones en las cortes, a los pro ingleses lidiar por el libre comercio irrestricto con su propio imperio, la ocupación nacional de la polinesia, iniciada años antes por el virrey Amat, el apoyo con armas y hombre a Aguinaldo en la independencia de las Filipinas. El tamaño de cada gigante sudamericano los obligó – a un lado y otro de la amazonia -a moderar sus pretensiones, luego de la guerra del Mato Grosso, único gran conflicto del siglo XIX en este lado del mundo y en la que las tropas nacionales que penetraron desde Asunción, lograron virtualmente todos sus objetivos. Un tratado de paz definió las fronteras definitivas de los gigantes hispanoamericanos, mientras que se mantuvo la disputa de construir el canal por Nicaragua, en el lado mexicano, o por Panamá, por el nuestro.



El siglo XX vio el crecimiento exponencial de ciudades que antes eran consideradas parte de la periferia. Buenos Aires, Montevideo, Panamá y Caracas despuntaron como grandes y modernos centros urbanos, favorecidos por el comercio atlántico, la producción y la fuerte migración extranjera; el siglo XXI vio la recuperación de las grandes urbes del Pacífico, como Guayaquil, Lima y Santiago. La sociedad cada vez más heterogénea, mantiene aún notorias diferencias entre las zonas costeras, más influenciadas por las fuertes olas migratorias y, la zona andina más proclive al boato inca, de una monarquía que cada ido cediendo cada vez más funciones y competencias, hasta convertirse ya meramente en un símbolo de la unidad nacional.


No obstante, persisten siempre movimientos separatistas aislados. Desde un escritorio, un autor sueña con una veintena de estados hispanoamericanos, cada uno con su propia bandera, sus ejércitos y sus odios. Otro sueña con convertir cada diferencia en una identidad de autonomía, en doscientas, dos mil republiquitas cada vez más libres con sus propias banderas, sus ejércitos y sus odios. Que escriban ellos sus propias ucronías, que yo me quedo con esta.

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