• Dante Bobadilla

El sueño de una nueva Constitución



Casi el 80% de los chilenos votó a favor de cambiar su Constitución. No es algo que deba sorprendernos. No es nada raro que la gente vote masivamente a favor de una nueva Constitución. Lo cierto es que tal vez más del 80% de los ciudadanos ni siquiera sepan qué es una Constitución ni la hayan leído. Lo único que tienen en mente es la idea de que un cambio significa una esperanza. Es lo que venden siempre los políticos: el sueño de un cambio. Eso es parte esencial de todo mensaje político. Y lo tonto es que todos creen que cualquier cambio será para mejor. Pero no siempre es así. En especial cuando se cambia una Constitución solo por razones ideológicas.


Veamos el caso de Venezuela, donde el 25 de abril de 1999 casi el 88% del pueblo votó a favor de cambiar la Constitución, alentados por el verbo incendiario de Hugo Chávez que acababa de asumir el mando un mes antes prometiendo un cambio total. Tras ganar abrumadoramente el referéndum convocó a elecciones para miembros de la Asamblea Nacional Constituyente, donde los candidatos de Chávez ganaron 121 de los 131 asientos de la Asamblea. Entre los electos estaban su esposa, su hermano, cinco ex ministros de su Gabinete y varios oficiales retirados que fueron sus compañeros de armas en el golpe de 1992. Sin embargo, Hugo Chávez y sus asesores cubanos ya habían redactado la nueva Constitución, de modo que se lo presentó a la Asamblea Nacional Constituyente para que esta lo apruebe, y así lo hizo el 20 de noviembre. Luego, el 15 de diciembre se volvió a convocar otro referéndum para que el pueblo aprobara la nueva Constitución express. Y así fue como Venezuela selló su suerte.



A esa farsa electorera chavista se le llamó “auténtica democracia”, porque se basaba en la consulta permanente de la voluntad del pueblo. Pero ese es un ardid de todo populista manipulador. También en el Perú el charlatán de Vizcarra sometió a referendum un cambio constitucional absurdo, pasando por encima del Congreso. No hay nada más ridículo que preguntarle al pueblo si quiere una nueva Constitución o un cambio en ella. Siempre dirán que sí, aunque no sepan de qué se trata. Tan solo se dejan llevar por el verbo del demagogo. En el Perú se llegó al ridículo de que la fórmula de votación dictada por Vizcarra ganó no solo abrumadoramente sino que fue el 100% de la votación en varios lugares deprimidos de la sierra. Pero lo cierto es que la gente no sabe nada de constituciones ni de sus cambios.


Ninguna Constitución que valga la pena merece someterse a las masas. La manera más absurda de gobernar es preguntándole a las masas su parecer. Las masas están para ser gobernadas, no para gobernar ni gobernarse a sí mismas. Siempre se requiere una élite política que se ocupe de la tarea de gobernar. Esa es la democracia representativa basada en partidos políticos de larga trayectoria. Se supone que son los más cultos, los más enterados, los que saben cómo conducir una República hacia el progreso. Ellos son elegidos para gobernar y no tienen que someter sus decisiones a las masas. Los gobernantes que se dedican a consultar a las masas lo hacen únicamente para encubrir sus acciones totalitarias con un barniz democrático. Son hábiles manipuladores y expertos charlatanes vendedores de sebo. Suelen ser los que invocan la farsa de la “democracia participativa”, muy usada por la izquierda para llevar a los pueblos hacia el suicidio, tal como hizo Hugo Chávez en Venezuela.


En el caso de Hugo Chávez se trató de una mascarada democrática para fundar una dictadura personalista. Y es que se puede convocar a las masas para cualquier cosa y usar sus votos como excusa para montar un sistema perverso que acabe con las libertades y la economía. Las masas son brutas. Hay que tenerlo bien presente. Solo los demagogos viven adulando a las masas, al pueblo, a la ciudadanía. Les encanta convocar a las masas para encubrir sus fechorías políticas o para lavarse las manos, que es lo que acaba de hacer Piñera buscando salir del aprieto en que los vándalos lo pusieron. Ahora Piñera queda como todo un demócrata pero deja a Chile en la encrucijada, pues ahora tendrá que cambiar una Constitución que le ha servido para desarrollarse más que ningún otro país de la región, llegando al punto de alcanzar por poco a los países más desarrollados del planeta.



En el Perú la izquierda sueña con una nueva Constitución que les permita volver al esquema estatista del pasado, con un Estado empresario, interventor y rector de la economía. A más Estado menos libertad y más corrupción. Esa es la lección que no han aprendido los rojos. Hay que tener cuidado con los vendedores de humo que pretenden otra vez convocar al pueblo a decidir si quieren cambiar la Constitución. Ya sabemos cuáles son los resultados.



Dante Bobadilla.