• Dante Bobadilla

El sabotaje de la izquierda al país



La inesperada vacancia de Vizcarra alteró el panorama político del Perú. En primer lugar, quienes se sentían muy cómodos usufructuando el poder gracias al contubernio con Vizcarra, pusieron el grito en el cielo provocando una crisis que hasta ahora no se resuelve del todo. Basta ver quiénes se sintieron indignados por la vacancia de Vizcarra, empezando por los medios de prensa que han vivido descaradamente de la publicidad estatal. En segundo lugar están los conspicuos miembros de la caviarada que viven de los contratos con el Estado y de los cargos públicos, tanto ellos como sus parientes.


Producida la vacancia de Vizcarra estos sectores arremetieron con todo para reponerlo. Acusaron al Congreso de haber dado un golpe de Estado. Nada menos. Sería la primera vez en la historia política universal que un Congreso da un golpe de Estado, y más aun aplicando la Constitución. Pero como a la izquierda le importan un pepino la verdad, simplemente se llenaron la boca con la palabra “golpe”, y la repitieron una y otra vez hasta imponerla como verdad, según su inveterada costumbre de imponer su relato. Sus argumentos han dado risa, empezando por cuestionar lo que significa “incapacidad moral”. Han hecho todo lo posible para cambiar la realidad mediante las palabras, pero como eso no daba resultados tuvieron que arriar a los jóvenes a las calles a “defender la democracia”. Así como lo leen.



Merino fue investido presidente porque era quien presidía el Congreso en ese momento. Es decir, se respetó la ley y la Constitución. En cambio a Sagasti lo eligieron a dedo ex profeso y obtuvo menos votación que la vacancia que invistió a Merino como presidente. Pero Merino es un personaje inocuo y no tuvo la sagacidad de aliarse con la mafia caviar. Gran error. Para colmo, escogió un gabinete que era una afrenta a la caviarada: sin un solo caviar. Sagasti, en cambio, ha llenado su gabinete con puro caviar. Ahora todo está en orden. Merino era, además, un riesgo para los negocios. En especial para la prensa y las oenegés. Había que echarlo del poder como sea.



Alentados por la prensa, salieron de las universidades los contingentes de típicos tontos útiles de la izquierda. A ellos se sumaron las barras bravas, vándalos y toda clase de lacra social. La supuesta “marcha pacífica” terminó en batallas campales contra la policía, a la que atacaron con todo lo que podían, desde piedras hasta bengalas y bombardas. Así llegaron los muertos en las calles, y las renuncias en el gabinete empezaron a sumarse. El gobierno de Merino se desmoronó en una sola noche de agitación callejera y ante la falta total de apoyo. Los dejaron solo en manos de la turba y la prensa. Eso sí fue un golpe de Estado.



Para colmo, la caviarada y los principales opinólogos de la prensa, impusieron al Congreso su caprichosa exigencia de que se elija una nueva mesa directiva pero entre quienes no votaron por la vacancia. Es decir, los rojos y los morados. Atolondrados, los congresistas de la inmensa mayoría se dejaron atarantar y cedieron al chantaje. Por poco nos ponen de presidenta a una rojaza como Rocío Silva Santisteban, defensora del MRTA y enemiga de los comandos Chavín de Huantar, exjefa de la ONG pro terruca Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, a la que le falta agregar “de los terroristas”. Nos salvamos por un pelo. La patria estuvo a un paso del precipicio. Al final eligieron a Francisco Sagasti, pero la izquierda se quedó con la sangre en el ojo. Y aunque la caviarada recuperó sus puestos de privilegio en el Estado, todavía no pueden dormir tranquilos pensando en cómo fue que perdieron el poder por unos días.


Pasado el zafarrancho viene luego la tarea de elaborar la narrativa de lo ocurrido. Empezando por llamar “golpe de Estado” a la vacancia constitucional y completamente legal de Vizcarra, y luego denominar “lucha por recuperar la democracia” a las marchitas callejeras y el ataque de vándalos a la policía. En la repartición de culpas, la caviarada y su prensa determinaron que los policías son los malos de la película, los asesinos y culpables. Para algunos extremistas de la izquierda patológica, como Claudia Cisneros, la policía debe desaparecer. Para otros menos afiebrados, es hora de una reforma policial que ponga por delante los derechos humanos de los vándalos y marchantes. Algo similar a lo ocurrido en Chile, donde los carabineros fueron acosados por las ONG de DDHH, la prensa y los sectores de izquierda para proteger a los delincuentes, vándalos y terroristas urbanos que han impuesto el caos y acorralado a Piñera.



La otra parte del relato de la izquierda y su prensa es que los vándalos muertos en la asonada golpista -dos angelitos prontuariados- son “héroes de la democracia”, y que los jóvenes que fueron arriados una vez más como los tradicionales tontos útiles y carne de cañón de la izquierda, deben ser reconocidos como la “generación bicentenario”. No han dudado en pintar los rostros de los vándalos en murales callejeros y edificar “altares” para rendirle tributo. En el colmo de la manipulación, han sugerido llevarlos al LUM. No es un chiste. Esa es la realidad del Perú en estos tiempos.


Como corolario de la crisis política, se oye ahora más fuerte que nunca el pedido de “nueva Constitución” de parte de la izquierda. No es nada nuevo. Es uno de sus tradicionales pedidos desde hace años y nadie les hace caso. Pero ahora están entusiasmados con la idea de un referéndum. Lo quieren meter en las próximas elecciones confiados en que pueden manipular a la población como hizo Vizcarra con el “”Si, Si, Si, No”. Ya sabemos que la gente no sabe nada sobre constituciones pero votan según la consigna. Solo el Congreso puede aprobar un referéndum y esperemos que no pase el proyecto. No queremos volver al esquema fracasado del estatismo empresarial, donde un sinfín de empresas públicas manejadas por políticos y burócratas, se dedican a perder dinero público dando pésimos servicios.



Dante Bobadilla.





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