• Martín Campos

El poder fáctico de la muchedumbre



La convulsión política vivida en nuestro país recientemente que desencadenó en lo que previsiblemente era claro que iba a suceder más temprano que tarde, y donde el rol protagónico le correspondió a la llamada "generación equivocada", terminó por instaurar en el poder a un gobierno que necesariamente debe tener conciencia de su precariedad si acaso no termina por cumplir la función que le corresponde: la de conducir la transición hacia el próximo que provenga del voto popular. A tenor de la declaración de buenas ─y mesuradas─ intenciones desprendidas del discurso de investidura ante el Congreso por parte del presidente de la República, Francisco Sagasti, alentamos la esperanza que así suceda.


En Los Discursos, Machiavello dejaba por sentado que "En todos los asuntos humanos es imposible eliminar una inconveniencia sin que surja otra... se debería considerar qué alternativa conlleva menos inconveniencias para ser adoptada, ningún tema nunca se encuentra perfectamente delimitado y no abierto a debate".



Lo inconveniente surge en nuestra realidad reciente al correr el riesgo de que la salida represente luego ahondar en el problema que originó el desencadenamiento de los hechos. Con la instauración del gobierno ─el tercero en poco menos de dos semanas─ es evidente que los recelos se mantienen y que la fragmentación social dista mucho de ser atenuada. Esto en gran medida bajo la responsabilidad de los medios de comunicación convencionales y el inicuo manejo de las redes sociales.


Hoy, en el Perú, gobierna ─imponiendo las reglas de juego─, el poder en ebullición de las muchedumbres. Aquellas que deslegitiman procesos establecidos según cómo se auto-perciban los hechos. Se ha dejado sentado un precedente nefasto por quienes consideran que no existe cabida para lo que no les gusta. No lo afirmamos temerariamente. Las declaraciones de influencers, periodistas o informadores mediáticos están allí evidenciando contradicciones propias y cada quién llevando agua para su molino.



La generación actual ─equivocada o bien intencionada─ quiere renunciar a todo ejercicio posible de aquel rol asignado a la ciudadanía como titular de la soberanía popular manifestado a través del sufragio, para recurrir a un medio mucho más eficaz, inmediato, ácrono y hasta claramente arbitrario: el de las redes sociales.


Pareciera que cada vez más hiciéramos lo posible por alejarnos del orden que permitan hallar los medios para poder controlar la impulsividad innata propia en los seres humanos. Que es verdad que estos impulsos respondieron al sentimiento de hartazgo generalizado y que han originado hechos consecuentes, es algo irrefutable como tan cierto que su utilización por sectores desestabilizadores resultará asimismo innegable.


Curiosamente, libertarios y progresistas se ponen de acuerdo al reivindicar la legitimidad de la protesta. Argumentan los primeros que acudieron a ella por convicción propia y no siguiendo consignas ideológicas de ningún tipo. Se ofendieron cuando fueron adjetivizados como pulpines ─esa especie moderna que habita en el limbo de enfadarse por todo sin muchas veces saber explicarlo. Mientras que los segundos rechazan el estigmatizado rótulo del terruqueo con el que se generaliza en el imaginario colectivo a la izquierda. En ambos casos tendrían razón de mostrar su disconformidad. Porque no todos son lo mismo, claro está.



Así las cosas, tampoco hay que ser en extremo ingenuos para no darnos cuenta que no es casual toda esta situación ─y aquí otra razón válida para la alarma─ que como empezáramos diciendo al principio de este artículo, era cuestión de tiempo ver el rebrote en casa de la oleada callejera que ya antes había inundado países latinoamericanos. Chile fue el último hasta la reciente Guatemala y no sabemos si termine en ellos porque: “todos somos capaces de juzgar los acontecimientos aunque no todos seamos capaces de dirigirlos”.


Desde desaparecidos y secuestrados que no lo fueron, hasta imágenes del vandalismo que la prensa "oficiosa" nunca muestra, pero que bastaron para justificar una purga inoportuna en los mandos policiales que acaso no le correspondería llevar a cabo al gobierno transitorio, ─más todavía cuando las investigaciones de hechos penosos están en etapa de desarrollo sin conclusiones definitivas─, el mensaje dado es claramente del de "sancionador", dándole en la yema del gusto al empoderamiento oclocrático. Mal precedente.


Del mismo modo habíamos escrito sobre el afán de la izquierda latina por impulsar los cambios de Constituciones asumiendo ese propósito como la base de su nuevo ideario. Felizmente el nuevo gobierno, éste de los 8 meses, y que en torno a esa posibilidad despertaba serias dudas, parece que ya definió las cosas: "No hay cabida para incluir ese tema en la agenda del gobierno que está avocado a la transición y restablecer la estabilidad política", según lo señalado por el propio presidente de la República.



Esperemos que se respete esa decisión y no se promuevan nuevas jornadas de tomas de calles exigiendo lo contrario. Vaya uno a saber.


Acaso para algunos lamentablemente los hechos luctuosos ─que no calificaremos en aras de una voluntad conciliadora─ no les deje todavía alguna experiencia aleccionadora del sentido de cultura política y conciencia de que ésta es el producto de la historia del sistema político en sí mismo pero que de ningún modo debería conducirnos a la atrofia democrática.



Martín Campos



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