• Dante Bobadilla

El final de Vizcarra



Finalmente el Congreso decidió vacar al presidente Martín Vizcarra, en una corta sesión y con una abrumadora mayoría de más de los dos tercios requeridos. Así termina la turbulenta era de Vizcarra que comenzó con un acto de traición en marzo del 2018. Su vacancia fue una especie de justicia divina, ya que Vizcarra había cerrado el Congreso anterior en una bravuconada típica de todo dictador que usa el apoyo popular y mediático para hacer su entera voluntad, pasando incluso por sobre la ley y la Constitución. Anoche, el Congreso que fue fruto del golpe de Estado perpetrado por Vizcarra, le devolvió el gesto.


Describir el panorama tras la vacancia nos da una idea precisa de quiénes estaban detrás de Vizcarra, encaramados en el poder y en el usufructo del dinero público. En primer lugar están las guaripoleras de la prensa que no tardaron en gruñir contra el Congreso, al que llenaron de epítetos de toda clase. Algunas incluso lucieron al borde de las lágrimas en la pantalla del televisor. La mayoría de estos periodistas -que hace tiempo olvidaron los principios de su profesión para convertirse en activistas de Vizcarra- llamaron “golpe” a la vacancia, y no faltaron quienes alentaban a los ciudadanos a salir a protestar. Esa es la prensa prostituida por el gobierno que nos deja Vizcarra. Nunca la prensa había caído tan bajo en este país. Como dicen quienes tienen memoria: las guaripoleras de Vizcarra ganaron por goleada a las geishas de Fujimori. Y es que la era Vizcarra ha superado con creces todo lo visto en los noventa.



Luego aparecieron los indignados caviares, muchos de los cuales sirvieron al régimen como asesores y hasta gurús de las reformas políticas perpetradas con autoritarismo por Vizcarra. Fueron los primeros en ser llamados por la prensa vizcarrista para que muestren su indignación ante el público. Abrazados periodistas y caviares, se pusieron a rajar en vivo y en directo del Congreso, y no paraban de asustar a la gente con el cuco de la postergación de las elecciones, cuento inventado por ellos mismos y repetido hasta el cansancio. Enseguida fueron llamados a opinar los constitucionalistas de bolsillo acostumbrados a las interpretaciones alucinógenas de la Constitución para avalara las tropelías de Vizcarra. Allí fue cuando Omar Cairo llamó “golpe de Estado” a la vacancia e invocó a las FFAA a no obedecer a “un gobierno usurpador”. Ya antes habían dado varias vueltas al universo dilucidando lo que significaba la “incapacidad moral permanente”, tratando de que Vizcarra no encaje en esa definición.



Por último está la plaga entera de la izquierda variopinta, que no tardó en salir a las calles a armar sus clásicos berrinches y llenar las redes sociales con su activismo desbocado. Políticos de pacotilla como Julio Guzmán y Verónika Mendoza se mostraron “indignados” por lo que llaman “golpe”. Y son los mismos que le pedían a gritos a Vizcarra cerrar el Congreso anterior como sea, y que luego aplaudieron emocionados el golpe express de Vizcarra. Es así como se conducen estos hipócritas de la izquierda que nunca han sabido defender la democracia ni las instituciones ni la Constitución. Ellos solo defienden sus propios intereses políticos. Y Vizcarra era parte de sus intereses, ya que les servía como el tonto útil que estaba destruyendo a la clase política tradicional para luego quedarse como únicos dueños del mercado electoral.



Pero los peruanos debemos sentirnos satisfechos por haber expulsado del poder a un fantoche sin escrúpulos que solo se dedicó a pisotear las instituciones, a quebrantar el equilibrio de poderes y el orden democrático, y a prostituir a la prensa a con dinero público. Eso y poco más es lo que hizo Vizcarra. Si no hubiese sido por la pandemia, su labor hubiera quedado en la simple destrucción de las instituciones y la liquidación de la clase política con reformas perversas, hechas no para mejorar el nivel de la política sino para eliminarla. No tienen otros propósitos la prohibición de la reelección de congresistas, la imposición de de la paridad y la alternancia en las listas, la obligatoriedad de las elecciones primarias intrapartidarias bajo supervisión de la ONPE y otros disparates por el estilo, inventados por asesores caviares que jamás han salido de sus ONG ni han pisado nunca un partido político.

El saldo final de la era Vizcarra es la captura del Ministerio Público a manos de la mafia caviar, la consagración de fiscales que en vez de querellar a Odebrecht para cobrarle sus fechorías, usaron el caso para perseguir políticos de oposición y favorecer a Odebrecht. También debemos a Vizcarra los abusos fiscales contra líderes políticos que fueron vejados sin un juicio justo, y uno que prefirió el suicidio antes que la humillación. Todo eso no se podía haber perpetrado sin el apoyo incondicional de una prensa abyecta, que se dedicó al activismo descarado en apoyo de Vizcarra y en contra de los enemigos señalados por el dictador. Ya está en los anales de la historia negra del periodismo peruano las 1,500 portadas difamatorias contra Chávarry, en busca de recuperar el control del Ministerio Público para la mafia caviar.



Nunca olvidaremos la obsesión y desesperación de Vizcarra por cerrar el Congreso. Una tarea vil que le fue encomendada por la mafia, como parte de la estrategia integral para eliminar al fujimorismo y al Apra de la escena política. Luego vendrían las prisiones de Keiko y Alan, los allanamientos a los locales partidarios, estudios jurídicos y a las empresas que tuvieron el atrevimiento de aportar a la campaña de Fuerza Popular. Toda la clase empresarial fue amenazada por la mafia a través de sus fiscales chacales por apoyar a FP. Luego vinieron las reformas políticas para prohibir todo apoyo privado a las campañas. Vizcarra solo fue el tonto útil de la caviarada. De allí la desesperación de la izquierda en pleno por su vacancia. Pero el legado de Vizcarra no cambiará. Nos deja un país envilecido, dividido y con las instituciones debilitadas y en manos de la mafia caviar.



Dante Bobadilla.