• Gustavo Massa

De vuelta al pasado



Nos encontramos frente a un escenario que muchos consideran apocalíptico, puesto que el próximo presidente del Perú puede ser un representante de la izquierda extrema o una representante del fujimorismo.


La izquierda extrema de Pedro Castillo nos trae a la mente la Venezuela de Chávez y Maduro, una dictadura que empobreció a un país rico en petróleo y que forzó a sus habitantes a migrar a países como el nuestro.


Los peruanos también migramos, en los años ochenta, como consecuencia de un nefasto gobierno de Alan García, un gobierno que empobreció a un país ya de por si pobre y que llevo a los mas viejos de nosotros a experimentar lo que es hacer colas para poder conseguir un tarro de leche o un poco de arroz.


En efecto, la ultima gran migración peruana al extranjero se dio bajo el gobierno aprista de Alan García, quien si bien ha sido identificado con la derecha en los últimos años gracias tanto a su segundo gobierno como a su (infructuosa) alianza con el PPC para las elecciones generales del año 2016, encuentra su origen en la izquierda y en un discurso antiimperialista.


El partido aprista se define en el título preliminar de su estatuto como un partido de izquierda democrática y bajo esta bandera llegó Alan García al gobierno por primera vez, acompañado de un discurso antiimperialista que trajo como consecuencia la decisión de limitar el pago de la deuda externa al 10% de las exportaciones del país.


Esta decisión de limitar el pago de la deuda externa le mereció al Perú el ser considerado un país no elegible para prestamos por parte del Fondo Monetario Internacional (FMI) en el año 1986, situación que agravó la ya crítica situación económica por la que atravesaba nuestro país.


Si le suena conocida esta postura que tomo el gobierno de Alan García en el año 1986, querido lector, es por que la ha escuchado nuevamente hace poco por parte del candidato Pedro Castillo en una versión más extrema, puesto que este ultimo postula dejar de pagar por completo la deuda externa.



De igual forma la estatización de la banca en el año 1987 hizo que los bancos extranjeros se fueran del país y empeorara aún más la situación económica del Perú, ¿suena conocido?, el candidato Pedro Castillo ha planteado la estatización de los principales yacimientos mineros, gasíferos, petroleros y centros energéticos.


He escuchado mucha gente defender la candidatura de Pedro Castillo diciendo que no nos va a llevar a ser otra Venezuela, pero no necesita preocuparnos que nos lleve a ser otra Venezuela, basta con que nos regrese al Perú de los años ochenta para encontrarnos en un lugar donde no queremos estar.


Se dice que el peruano no tiene memoria, probablemente sea por eso por lo que buscamos afuera ejemplos de lo que ya hemos vivido dentro de nuestras propias fronteras. No necesitamos ver a Venezuela o Argentina para saber que hay modelos económicos que no funcionan, por que ya sabemos por experiencia propia que no funcionan.



¿Dictaduras? ya hemos tenido, ¿Expropiación? ya hemos tenido, ¿Estatización? ya hemos tenido, ¿Nacionalización? ya hemos tenido, ¿Antiimperialismo? Ya hemos tenido. ¿Qué nos han dado? Pobreza.


El objetivo es que todos tengamos riqueza, estimado lector, no que todos tengamos pobreza, pero si optamos por extremismos de modelos que nos han sumido en la miseria en el pasado vamos a terminar peor de lo que estuvimos en los años ochenta.


Cosa anecdótica resulta el hecho de que la deuda externa que el gobierno de Alan García se rehusó pagar en clara rebeldía al imperialismo, fue generada en el gobierno de Velasco Alvarado quien irónicamente es la epitome de la izquierda en el Perú.



Por el otro lado tenemos el fujimorismo, representado por Keiko Fujimori, el cual evoca la dictadura de los años noventa. La red de corrupción formada por Vladimiro Montesinos, con la anuencia de Alberto Fujimori, se encuentra grabada en los corazones de muchos peruanos y registrada para la posteridad en los famosos “vladivideos” que terminaron por derrocar dicho régimen.


Las políticas económicas del gobierno de Fujimori funcionaron en su momento y lograron sacarnos del hoyo en el que nos dejo el primer gobierno de Alan García, es básicamente el modelo económico que hemos estado aplicando hasta la actualidad y que nos ha dado una sensación de estabilidad económica desde entonces.


Sin embargo, existe el temor justificado de que un nuevo gobierno fujimorista implique avalar la corrupción, y concederle nuevamente al fujimorismo la posibilidad de utilizar el tesoro público como caja chica para sus propios fines.


La corrupción siempre genera atraso y por mucho que hayamos mejorado con el gobierno de Fujimori respecto al gobierno de Alan García, el fujimorismo nos condenó como país a ser lo que somos y no lo que pudimos llegar a ser.


Lo que no podemos ignorar es que las políticas económicas de Fujimori (cuya línea va a seguir su hija) nos sacaron de la situación en la que nos colocaron las políticas que quiere aplicar Pedro Castillo.


Siguiendo este orden de ideas queda claro que la mejor opción (o la menos mala) en esta segunda vuelta resulta la de votar por Keiko Fujimori, pero… ¿Cómo evitamos que los abusos del fujimorismo se repitan?



Hay que recordar en mi primer lugar que, Keiko Fujimori no es Albero Fujimori y que las condiciones bajo las que llegaría a la presidencia no van a ser las mismas bajo las cuales llego su padre.


Según un estudio realizado del 19 al 23 de febrero de 2021 por el Instituto de Estudios Peruano (IEP), Keiko Fujimori tiene un antivoto de aproximadamente 54%, lo que se traduce en que más de la mitad de los peruanos no la quieren como presidenta.


A diferencia de su padre que en los años noventa se impuso en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales sobre un amplio favorito Mario Vargas Llosa, Keiko Fujimori llegaría a la presidencia únicamente para que el próximo gobierno no sea la izquierda extrema de Pedro Castillo.


Esto es importante de cara a un posible gobierno fujimorista en atención a que muchos de los excesos autoritarios (como el autogolpe del 05 de abril) pudieron llevarse a cabo solo gracias a que Alberto Fujimori contaba con el respaldo de un alto porcentaje de la población peruana en los años noventa, quienes lo eligieron por considerarlo la mejor opción y no para evitar que gane Mario Vargas Llosa.


En el caso de Keiko Fujimori este no es el caso, si es elegida presidenta seria solo para evitar que gane Pedro Castillo, por lo tanto va a necesitar tener mucho cuidado en las decisiones que toma para no perder legitimidad en su gobierno y terminar saliendo por la misma puerta que Pedro Pablo Kuczynski, Martin Vizcarra y Manuel Merino.


Esta falta de respaldo popular puede darnos la tranquilidad de que no vamos a volver a encontrarnos frente a un fujimorismo dictatorial y autoritario como el de los años noventa, Keiko Fujimori no entraría como la salvadora del país o como una figura mesiánica, Keiko Fujimori entraría como el menor de dos males.


Otro punto importante frente a un posible gobierno de Keiko Fujimori es la conformación del Congreso de la República, ella entraría sin mayoría en el congreso. Podría decirse incluso que encontraría un congreso mayoritariamente de oposición.


Si bien es cierto que Alberto Fujimori también entró al gobierno con un gobierno mayoritariamente opositor y que “solucionó” este problema con el autogolpe del 05 de abril y la disolución del congreso, Keiko Fujimori no cuenta con el respaldo popular suficiente para tomar una medida de ese calibre, razón por la cual ese escenario resulta sumamente improbable.


Descartando la posibilidad de una nueva dictadura fujimorista y bajo la premisa de que vamos a estar frente a un gobierno democrático, queda todavía la preocupación por el fantasma de la corrupción que acompaña al fujimorismo.



Es aquí donde entra a tallar la importancia del Congreso de la República y la importancia de que tan bien hemos hecho uso de nuestro voto preferencial para elegir a nuestros representantes en el legislativo.


Nuestro derecho al voto preferencial nos da la posibilidad de elegir los mejores representantes de cada lista para que integren el Congreso de la República. El solo hecho de integrar una lista no te hace una buena opción, es por eso por lo que nuestro deber como ciudadanos es separar la paja del trigo para poder tener los mejores representantes posibles.


En un gobierno democrático, un buen congreso es el escudo que nos protege del autoritarismo, el que vela por que las decisiones del ejecutivo no vayan en contra de los intereses del pueblo y el que fiscaliza para que no se incurra en actos de corrupción.

Básicamente, el nuevo congreso va a tener que impedir que regresen las viejas mañas del fujimorismo noventero. Los nuevos Congresistas de la Republica van a tener que fiscalizar a conciencia y van a tener que evitar ser seducidos como aquellos que en su momento visitaron la “salita” del SIN.



Para este fin, las bancadas de oposición van a tener que tender puentes de diálogo entre si (sin comprometer su moral o principios) y generar un correcto equilibrio entre el poder legislativo y el poder ejecutivo.


Hay esperanza ante este futuro tan sombrío que nos ha presentado la primera vuelta electoral; y esa esperanza radica en el nuevo Congreso de la República, un congreso que tiene que ser una oposición constructiva, que debe buscar el dialogo cuando tenga que hacerlo y que deba ponerse firme al primer indicio de corrupción o autoritarismo para proteger al Perú.


Pareciera que estas últimas elecciones nos han llevado de viaje por el tiempo y nosotros elegimos en qué periodo nos quedamos, si en los años ochenta o en los años noventa. La decisión es suya querido lector, solo le recuerdo que en los años ochenta hay cola.



Gustavo Massa

172 vistas